lunes, 27 de julio de 2020

De dulce.

No deja de ser cierto que históricamente hablando siempre se han realizado no pocos estudios y análisis sobre los diferentes gremios y oficios que hubo en Sevilla; de este modo, no faltan en ellos carpinteros, tallistas, pintores, plateros, sederos, escribanos o doradores, oficios todos que dieron fama a la ciudad y cuyos maestros y oficiales lograron alcanzar cotas importantes en cuanto a destreza y pericia. Nombres hay para llenar volúmenes y obras como para completar catálogos, sin embargo, poco se ha hablado sobre otros empleos u oficios que no por ser más cotidianos no carecieron de importancia.


Sabido es que desde tiempos muy antiguos, el hombre ha gustado de tomar alimentos dulces, recurriendo a la miel o a la savia de algunos árboles para ello; más tarde, se sabe que egipcios y griegos, mucho antes de la era cristiana, fueron golosos en extremo, y que en textos de banquetes de aquellas calendas pretéritas abundan las alusiones sobre dulces o repostería. En la antigua Roma, otro tanto, incluso en las ruinas de Pompeya se han hallado moldes para realizar pasteles o tartas, a base de harina, huevos, miel, queso y frutas, con productos como los scriblita, el spira y la spherita, sin olvidar que los pasteleros romanos llegaron a agruparse profesionalmente como gremio, de modo que al igual que en Sevilla pudieron defender sus derechos profesionales, establecer tarifas y regular la venta de sus exquisitos productos.

Así, husmeando como es habitual entre legajos y documentos de toda condición, encontramos alusiones y referencias sobre un gremio bastante dulce, el de los confiteros, del que hoy daremos algunos detalles o pormenores.

Era público y notorio que ya en siglo XVI los sevillanos eran muy aficionados a confites y dulces, siendo muy numerosos los establecientos en los que se vendían y fabricaban tales viandas, además, el gremio de confiteros era uno de los que colaboraba económicamente en la celebración de la procesión anual del Corpus Christi, una de las fiestas principales de Sevilla, lo que daría idea de la aceptable posición económica de este oficio. Igualmente, la Plaza de la Campana se llamó durante bastante tiempo Plazuela de los Pasteleros o de los Confiteros (aún subsiste allí la célebre confitería de la Campana), y además, la actual calle Huelva, que une la Alfalfa con la Plaza del Pan, se llamó Confitería hasta 1917.


Por contra, ciertos miembros del honrado gremio de confiteros, no gozaban de buena fama por la picaresca de algunos, quienes adulteraban sus productos, amañaban las pesas o vendían con sobreprecio, siendo denostados por el famoso Loco Amaro en uno de sus Sermones.

Por todo ello, los confiteros hispalenses, agrupados en corporación, vieron como el 20 de mayo de 1606 el rey Felipe III aprobaba sus Ordenanzas, manifestando que “Nos fue hecha relación que el trato de y confituría en Sevilla era muy grueso, por ser muy grande, porque siendo las conservas y confituras regalo de enfermos y para personas ricas, convenía que la dicha obra fuese buena y que fuese y se hiciese con buenos azúcares, y no echando otras mezclas, para que se supiese y entendiese cómo se había de hacer cada cosam y no se vendiesen cosas malas y falsas” de donde dedúcese que ya entonces existía desleal competencia y que se adulteraban recetas para abaratar el dulce y sacar mayor beneficio.”


Las Ordenanzas, pues, buscaban evitar el intrusismo profesional y lograr la ahora llamada excelencia a la hora de elaborar dulces, pasteles o confites, gravando con penosas multas a quienes abusaran de ingredientes no autorizados, como se expresa textualmente: “Ordenamos que los canelones de sidra, o canela, avellanas o anís liso o labrado, o almendra pelada o raída o entera, y piñones y grajeas, a todo esto sea y se haga de un azúcar blanco de arriba a abajo, sin otra mistura, so pena de dos mil maravedís por la primera vez, y por la segunda pena doblada y por la tercera vez sea perdida la dicha colación y no tenga tienda por seis meses”.

También, para alcanzar el grado de maestro, era necesario tener un cierto nivel social, ya que no podía ser examinado “ningún esclavo, so pena de dos mil maravedís, y que le quiten la tienda, aplicada la pena, como dicho es, y el que lo examina sea privado del oficio perpetuo de examinador.”

Incluso, para mayor abundamiento, se regulaban las recetas e ingredientes de no pocos dulces, todo ello con la clara intención de unificar criterios y garantizar la calidad de los productos.

Hay que resaltar que las confiterías de antaño poseían una apariencia propia, ya que en sus mostradores no se exhibían bandejas ni bateas con pasteles o confites para excitar el apetito, sino que al contrario, estos se ocultaban, sacándose únicamente a petición del comprador, mientras que los botes con almíbares y conservas se colocaban, esta vez sí, en largas hileras sobre estantes de madera; una imagen religiosa en su hornacina, un peso de cobre, un jarro con vasos amén del inevitable mostrador, completaban el “equipamiento” de la tienda, sin olvidar, por último, un par de bancos que servían, habitualmente, para asiento de clientes y eventuales tertulianos amigos de dueño.


El siglo XVII poseyó en Sevilla todo un destacado elenco de maestros confiteros célebres por la calidad de lo que salía de sus obradores, con nombres famosos en su tiempo como los de Bartolomé Gómez, Jerónimo de Barco o Pedro de Libosna, expertos en la elaboración de mazapanes, carnes de membrillo y canelones de sidra, avellana o anís.

El 24 de junio, festividad de San Juan Bautista, se celebraba anualmente la visita de inspección que realizaban representantes del Cabildo de la ciudad por todas las confiterías de Sevilla, contándose que era cosa digna de ser vista por cómo el Teniente de Asistente, acompañado del correspondiente Escribano, revisaba en cada tienda su menaje, medidas y moldes y se informaba de la composición de la plantilla y de su capacidad para crear delicadas confituras, llevándose, a buen seguro, muestra de todo para mayor goce de su paladar y de sus acompañantes, imaginamos.

Por último, se conserva un curioso Edicto de 1789 firmado por don Juan Miguel de Lecanda, Escribano Mayor, en el que se prohibe de manera enérgica la venta ambulante de “dulces, bizcochos, mostachones, “suspiros”, rosquetes, ni biscotelas”. Por todo ello, para cortar de raiz el daño que se hacía a los obradores, mandaba en ese Edicto que se obligue a todos los vendedores que “andan volantes por casas, calles o paseos, así hombres como mujeres, se retiren inmediatamente y suspendan la venta”.

lunes, 20 de julio de 2020

Un músico Guerrero, y viajero.

  Aunque en alguna ocasión hemos pasado casi de puntillas por el tema musical, no es menos cierto que en estos pliegos poco se ha hablado del arte de componer, excepción hecha del ilustre Correa de Arauxo. Remediaremos, pues, la omisión, dando pormenores de uno de nuestros mejores músicos y compositores, nacido en Sevilla y conocido y reconocido más allá de nuestras tierras: Francisco Guerrero, nacido en 1528 y denominado por muchos “el enamorado del Niño Dios”, “el dulce” o “el cantor mariano por antonomasia”

  De padre pintor, pronto destacó por su talento innato para la música, siendo iniciado en ella por su propio hermano, diestro en el manejo de la vihuela, aunque con posterioridad, en Toledo, tuvo por maestro a otro preclaro músico hispalense, nada más y nada menos que Cristóbal de Morales. Con apenas 18 años, Guerrero aprueba las oposiciones como racionero y maestro de capilla de la catedral de Jaen, aunque tres años después, en 1548, regresará a su ciudad natal para estar con sus padres. Tal circunstancia será aprovechada por el Cabildo de la Catedral hispalense para tentarle con una plaza de cantor habida cuenta su valía y aptitud; Guerrero no se lo pensó dos veces y renunció a su cometido en la capital del Santo Reino, ya que ansiaba permanecer junto a su familia, aunque no faltaron oportunidades para cambiar de aires, como cuando alcanzó el primer puesto en las pruebas para maestro de capilla en la sede malagueña, pero mejor nos lo contará un cronista de la época:

Preparada ya para partir a Málaga, el cabildo, que deseaba tenerlo a toda costa y mejorar su posición, decidió que el maestro Pedro Fernández, a quien Guerrero llamaba el maestro de los maestros españoles, fuese jubilado con la mitad de la renta; que sus funciones fuesen desempeñadas por Guerrero, que recibría la otra mitad, conservando al mismo tiempo su sueldo de cantor, y teniendo opción al magisterio con todo su sueldo a la muerte de Fernández, que no aconteció hasta veinticinco años más tarde”.

Como maestro de capilla tenía como cometido el dirigir los cantos litúrgicos, reclutar, alojar y educar a niños y jóvenes para que formasen parte de la escolanía (los "niños seises"), componer obras para los diferentes tiempos litúrgicos (Navidad, Cuaresma...) y también hacerse cargo del archivo musical.


Nuestro músico logrará fama y prestigio por su música y composiciones, tanto sagradas como profanas, vocales o instrumentales, destacando la popularidad de algunas de sus obras en las que fue experto en combinar matices y emociones, desde la alegría a la tristeza pasando por la exaltación o la desesperación. Escuchar su música supone entrar en un lugar especial donde voces, melodías, acordes y compases se conjugan para crear algo digno de oír.

A sus sesenta años, Francisco Guerrero logra al fin una de sus máximas aspiraciones, algo que no estaba al alcance de cualquiera; fallecidos sus padres, y teniendo como tenía una buena posición social y económica, amén de la protección de miembros de la corona (trató con Carlos I y Felipe II), la nobleza y el clero, decide acompañar a su señor el Arzobispo de Sevilla Rodrigo de Castro a Roma, con una escala en Madrid que precipitará su partida por delante del prelado. ¿Hacia dónde? Tierra Santa.


    Tras breve estancia en Génova y otra algo mayor en Venecia, donde encargó se imprimieran no pocas de sus composiciones, embarcó en un navío que surcó las costas italianas en dirección a Dalmacia y Albania, para luego desembarcar en Jaffa, localidad costera israelí inmediatamente al sur de Tel Aviv. El viaje a Jerusalén constituía por entonces aventura arriesgada, habida cuenta que los turcos otomanos eran amos y señores de aquellas tierras tras arrebatárselas a los mamelucos en 1517, no en vano, Constantinopla o Estambul, estaba bajo su dominio desde 1453. Nuestro protagonista plasmará las peripecias sobre su peregrinación a los Santos Lugares en un librito (Viaje a Jerusalén que hizo Francisco Guerrero Racionero y maestro de capilla de la Santa Iglesia de Sevilla, 1592) que puede leerse en la Biblioteca Virtual de Andalucía y que constituye una auténtica curiosidad por todo lo en él descrito.

   En palabras de un viajero de la época, el peregrino debía llevar bien llenas tres bolsas: la del dinero, pues lo necesitaría a cada paso; la de la fe, para no dudar de nada que le contaran; y la de la paciencia, para sufrir todo tipo de ofensas. De este modo, incomodidades, bandidos, comida escasa, sobornos, hambre y falta de higiene acompañaron a Guerrero, quien entraba al fin en la Ciudad Santa el 23 de septiembre de 1588, treinta y siete días tras su partida desde Venecia. El periplo por Tierra Santa incluyó visitas a los lugares más destacados, desde la Via Dolorosa de Jerusalén hasta Belén o el Monte de los Olivos, pasando por Galilea o Cafarnaúm, entre otros destacados enclaves vinculados a la Vida, Pasión y Muerte de Cristo.

   Tras un mes en Jerusalén, tocaba regresar. El azaroso, como veremos, viaje de vuelta alcanzó Damasco para posteriormente encaminarse hacia Trípoli y de ahí, por mar, a Venecia, a donde regresará tras cinco azarosos e inolvidables meses; sólo restaba poner rumbo a Sevilla, en este caso con escalas en Pisa, Livorno, Marsella, (en cuya travesía hacia Barcelona sufren dos asaltos y cautiverios por piratas, lo que hará que den gracias devotamente a la Virgen de Montserrat) Valencia, Murcia, Granada y finalmente a la ciudad hispalense en la primavera de 1589.

   No todo fueron lisonjas ni bonanzas, por deudas contraidas se dictó contra él un auto de prisión en agosto de 1591, dando con sus huesos en la cárcel, de la que saldrá gracias a la merced del Cabildo Eclesiástico, que determinará abonar sus débitos. Finalmente, la peste de 1599 causará su fallecimiento el 8 de noviembre, siendo sepultado en la capilla de la Virgen de la Antigua de la Catedral sevillana, lo que da idea de la importancia que poseyó por su labor como músico, intérprete y compositor.

   El poeta Vicente Espinel, supo loarlo en sus versos:

Fue Francisco Guerrero, en cuya suma
De artificio y gallardo contrapunto
Con los despojos de la eterna pluma,
Y el general supuesto todo junto,
No se sabe que en cuanto al tiempo suma
Ningún otro llegase al mismo punto,
Que si en la ciencia es más que todo diestro,
Es tan gran cantor como maestro.
    Mientras, otro contemporáneo suyo, Francisco Pacheco, suegro del pintor Velázquez, lo definió de este modo: "fue hombre de gran entendimiento, de escogida voz de contralto, afable y sufrido con los músicos, de grave y venerable aspecto, de linda plática y discurso; y sobre todo, de mucha caridad con los pobres (de que hizo extraordinarias demostraciones, que por no alargarnos dejo), dándoles sus vestidos y zapatos hasta quedarse descalzo. Fue el más único de su tiempo en el arte de la música y escribió de ella tanto que considerados los años que vivió y las obras que compuso, se hallan muchos pliegos cada día y esto en los de mano. Su música es de excelente sonido y agradable trabazón".

lunes, 13 de julio de 2020

Mercados hispalenses (II)




Proseguimos con nuestras andanzas y disquisiciones sobre las Plazas de Abastos sevillanas, hoy tócale el turno al histórico mercado trianero, famoso por la calidad de sus víveres y vituallas, por la simpatía de sus vendedores y por el ambiente familiar que le rodea.


Quede constancia de que algunas de las instanáneas que acompañan aqueste pliego proceden de la interesante y útil web del Mercado.



lunes, 6 de julio de 2020

Mercados hispalenses (I)

Ahora que puede que vuesas mercedes gocen de merecido descanso en tiempo estival y que, Dios no lo quiera, han de permanecer en nuestra urbe por mor de aquestos tiempos inciertos, hacemos pública visión de cómo los mercados de abastos pueden constituir lugar de visita y hasta de disfrute para paladares exigentes. Y aunque ya en otra ocasión hablamos de pormenores sobre la calle Feria, baste ahora, ahora, como muestra, un botón:




lunes, 29 de junio de 2020

29 de junio.

En su festividad litúrgica, dedicamos este breve espacio al Apóstol San Pedro, su presencia en nuestra hispalense ciudad e incluso réplicas de las cadenas con las que fue apresado en su tiempo y milagrosamente liberado como narran los Hechos de los Apóstoles:


lunes, 22 de junio de 2020

"La calle de los Simios".


Agora que el confinamiento y el llamado Estado de Alarma son malhadados recuerdos, dejamos a vuesas mercedes sonido sobre una calle poco conocida aunque bastante transitada, sobre todo en fechas semanasanteras.









lunes, 15 de junio de 2020

La calle de la Venera



Por si no pudieron escucharlo, dejamos a vuesas mercedes sonido sobre nuestra participación de este lunes en "Estilo Sevilla", donde tratamos pormenores curiosos e interesantes sobre la calle de José Gestoso, en las cercanías de la Encarnación:



lunes, 8 de junio de 2020

Corpus Christi: Fiesta en mayor en Sevilla.


Pese a que por pandemia no podamos aqueste año de MMXX venerar a Su Divina Majestad por calles y plazas hispalenses, valgan nuestras pobres palabras para detallar asuntos sobre tan preclara procesión, sus preparativos, componentes y composición; quiera el Altísimo que el venidero año de nuevo tenga lugar magno cortejo y todos acudamos a participar en él o a presenciarlo devotamente como desde siglos.