lunes, 28 de septiembre de 2020

El último en enterarse

Dentro de los sucesos o sucedidos sevillanos que pasaban de boca en boca, ocupó lugar preferente durante años el ocurrido en nuestra ciudad en octubre de 1624. El trío protagonista llenó la ciudad de dimes y diretes por lo inaudito de la situación y por cómo quedó finalmente resuelta.


Empecemos por presentar a los intervinientes en esta tragicomedia: en primer lugar Cosme Sevaro, sastre, de orígen catalán por más señas, y que poseía vivienda y negocio en el llamdo Pozo de los Traperos, cerca de la calle de los Tundidores, actual Hernando Colón; en segundo lugar, su esposa, una hermosa mujer llamada Manuela Tablante, dada a galanteos y coqueteos; por último, el tercero en discordia, José Márquez, oficial empleado en la sastrería de Cosme, robusto mozo según las crónicas, que no tardó en entablar relación con la mujer de su maestro, movido por una irreflenable atracción mutua, sin que el alfayate, que era como se llamaba entonces a los sastres, se percatase de ello ni notase nada extraño en cuanto a la fidelidad de su pareja. 

 

En una carta escrita por un padre franciscano a Don Francisco de Quevedo se decía sobre los escarceos amorosos de Manuela y José: 

"Cuando el oficial tenía el antojo de ver a Manuela decía: Seda, señora maestra, y ella respondía: suba por ella, y de esto quedó un refrán que ahora se dice en todas las plazas de Sevilla". 

Pero como suele ocurrir en estos casos, enterado al final Cosme, en vez de montar en cólera y tomar venganza espada en mano como era habitual en estos casos de adulterio manifiesto, nuestro sastre, hombre de ánimo tranquilo y vengativo sin duda, denunció a los dos jóvenes ante el escribano del crimen Lázaro de Olmedo, desarrollándose un enconado y comentado pleito que trajo como final que la Audiencia sentenciase a morir, degollados según algunos autoros, bajo pena de garrote, segúin otros, a los dos adúlteros, tal como marcaba la ley:


Si muger casada fuese adúltera, ella y su adulterador ambos sean en poder del marido,y haga dellos lo que quisiere y de quanto han, así que no pueda matar al uno y dexar al otro; pero si hijos derechos hubieren ambos, o el uno dellos, hereden sus bienes; y si por ventura la muger no fue en culpa, y fuere forzada, no haya pena.


La resolución por parte de la Justicia no cayó nada bien en la ciudad, que consideraba excesivo el castigo y poco benevolente al tribunal, prueba de ello es la respuesta por parte de algunos que hasta en dos ocasiones, formando compactos grupos de gente, destuyeron y quemaron el patíbulo de madera donde debería tener la ejecución, lo que da idea del rechazo que este tipo de sentencias generaba entre el pueblo. Finalmente, con el refuerzo de dos compañías de soldados, pudo montarse un nuevo cadalso, de mayot altura. 

El 25 de octubre, a las once de la mañana, llevaron a la Plaza de San Francisco a los dos reos amantes y al marido denunciante, que debía presenciar el sumario castigo. Estaban presentes también el Asistente de la Ciudad, Don Fernando Ramírez Fariñas, el Teniente Mayor Don Luis Ramíres, el Teniente Ruano y el Alcalde de la Justicia, Don Francisco Alarcón. 

 Los dos condenados aparecieron montados de espaldas y con crucifijos en sus manos en sendos borricos, la mujer vestida de negro y el mozo de blanco. Como contaban las crónicas de sucesos de la época:

«Los sacaron de la prisión en dos jumentos, que quebrantavan los coraçones de dolor el ver una moçedad y cortos años puestos en muerte de tan grande afrenta».

Al llegar al cadalso, Manuela quedó de rodillas con el rostro vuelto hacia el edificio de la Audencia, y José de igual modo, pero mirando hacia el Ayuntamiento. A duras penas pudo llegar Cosme, el marido acusador, al lugar de la ejecución, escoltado por el Sargento Mayor y un piquete de soldados, ya que era enorme la multitud que se había concentrado en la Plaza, y en balcones, azoteas y ventanas.



De entre el gentío congregado no tardó surgir un sordo rumor que poco a poco se convirtió en ensordecedor griterío “¡Perdón, perdón, perdón!” suplicando encarecidamente a Cosme que concediera el perdón a su mujer y su amante y, con ello, el indulto; enmedio de tan monumental confusión, o mejor, para añadir más aún, se abrieron las puertas del vecino convento Casa Grande de San Francisco y de ellas surgió un gran número de frailes en procesión portando velas encendidas y llevando en alto un crucifijo. 

Lenta pero resueltamente, el nutrido cortejo, entonando oraciones y salmos, se abrió paso con dificultades entre la abigarrada multitud y no dudó en entabalr forcejeo con el cordón de soldados para rebasarlo, ocasionándose disparos por parte de la fuerza armada e incluso heridas de pólvora a algún religioso, hasta que el jesuita Padre Soto, junto con otros doce frailes, accedieron resultamente al cadalso y una vez allí, con grandilocuentes y exageradas muestras de dolor, rogaron repetidamente al esposo ultrajado el perdón, haciendo lo mismo la propia Manuela, quien se arrojó dramáticamente, hecha un mar de lágrimas, a los pies de su marido. ¡Hasta se le llegó a ofrecer al marido denunciante la nada despreciable cantidad de dos mil ducados que él dignamente rechazó inconmovible!


Entre los papeles del Conde del Águila se conserva un texto de aquel momento en el que se detalla cómo se produjo la suspensión de la pena de muerte impuesta:


Clamaban los alaridos de la gente porque la mujer era hermosa: cuatro de los religiosos se abrazaron al marido sin dejarle menear y ayudados de otros y diciendo a grandes voces: - Ya ha perdonado- , echaron abajo a la mujer, que dio un salto por la escalera como una gata, y sin cesar las voces de – Ya ha perdonado – fue notable el alarido y contento de todos, y se la llevaron en volandas a San Francisco. Cosme, alzando el brazo, lo meneaba muy depriesa, haciendo señales de que no era verdad, pero seguían voces de perdón y echaron en el bullicio del tablado abajo al adúltero medio muerto y lo llevaron también a San Francisco, quedando allí Cosme llorando”.


Las gentes del pueblo, que habían tomado partido decididamente por Manuela y José, celebraron con alborozo la salvación "in extremis" de ambos y no tardaron en surgir coplas que los mozalbetes cantaban por las calles:


Todos le ruegan al Cosme

que perdone a su mujer

y él responde con el dedo

Señores, no puede ser”.


Como se ve, el efectista ardid de los frailes, digno de Lope o de Calderón, haciendo creer que se había producido el perdón, surtió el efecto deseado, burlando al marido y consiguiendo el favor del pueblo ante lo que consideraban un exceso de justicia.

La historia, cuentan, se divulgó multiplicada, enriquecida y exagerada en numerosas relaciones en prosa y en verso, a cuál más curiosa y en poco tiempo las peripecias y enredos de Cosme, Manuela y José, como si fuera un "culebrón" sevillano en pleno siglo XVII, estuvieron en boca de todos.

 

¿Qué sucedió finalmente con los participantes en este suceso?

 

A la postre, José Márquez fue enviado como condenado a remar a las galeras del Rey, falleciendo allí poco después, el sastre finalmente concedió el perdón a su esposa con la condición que entrase en un convento y Manuela Tablante, apodada "La Mal Degollada", indudablemente mujer de armas tomar, aceptó inicialmente tomar los hábitos pero se cuenta que escapó del cenobio donde estaba recluida y vivió con total libertad en su ciudad, entregándose a mil aventuras amorosas según los cronistas y alcanzando singular fama por ello.


lunes, 21 de septiembre de 2020

El primer Tesorero

 

Canónigo de la catedral y testigo del hundimiento de su cimborrio, Tesorero de la casa de contratación, experto en contablidad por ello, Abad de Jamaica, albacea de Magallanes, colega y amigo del fundador de la universidad de sevilla, sin duda, un curriculum envidiable para este personaje histórico tan unido a la ciudad que hasta posee calle en ella y quiso llevarse a su tierra burgalesa un trocito en forma de lápida funeraria ¿de quien hablamos en esta ocasión? ¿quien pudo acumular tantos honores y responsabilidades en la Sevilla de finales del siglo XV y comienzos del XVI? El envío de la foto de una lauda sepulcral en un pueblo perdido en Burgos, envío por el que estaremos siempre agradecidos a una lectora de estas líneas, nos puso tras su pista…

 

 

Era la Sevilla abierta al mar, a los descubrimientos, la que se preparaba para recibir los primeros ríos de oro y plata, de especias, de esclavos, de riquezas allende los mares. La Sevilla que lo mismo asistía con total naturalidad a las bodas de un Emperador en los Alcázares que se atemorizaba ante los brotes epidémicos de peste. La Sevilla del compás de la Mancebía o del Via Crucis a la Cruz del Campo, dos caras de la misma moneda. La Sevilla de las casas de gula o de los ayunos y abstinencias cuaresmales. La Sevilla de la fiesta generalizada con el Corpus o la del duelo en las jornadas de Semana Santa.


Nuestro personaje, Sancho de Matienzo, nace entre 1450 y 1460 en la localidad burgalesa de Villasana; su formación universitaria le llevará a Valladolid, donde logrará los títulos de Bachiller y Doctor en Leyes, título este último adquirido entre 1472 y 1475. La influencia de su pariente Fray Tomás de Matienzo, confesor de los Reyes Católicos, hará que ponga rumbo a Sevilla y adquiera el rango primero de Beneficiado y luego de Canónigo (1490) en la Catedral Hispalense, llegando a ser encargado para redactar el testamento del Arzobispo Diego Hurtado de Mendoza, con todo lo que ello suponía.


Una fecha fundamental en la vida de Matienzo será el 20 de enero de 1503, cuando los Reyes Católicos dicten mediante una Real Provisión firmada en Alcalá de Henares las primeras veinte Ordenanzas para la futura Casa de Contratación de Sevilla, para las Indias, las islas Canarias y África. Las funciones de la naciente Casa serían : recoger y tener en ella, todo el tiempo necesario, cuantas mercaderías, mantenimientos y otros aparejos fuesen menester para proveer todas las cosas necesarias para la contratación de las Indias; para enviar allá todo lo que conviniera; para recibir todas las mercaderías y otras cosas que de allí se vendiese, de ello todo lo que hubiese que vender o se enviase a vender e contratar a otras partes donde fuese necesario.”


La presencia sevillana en esta Casa de Contratación no quedó solo en su ubicación, sino en los diferentes puestos a ocupar, notándose en ello la especial influencia de Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de la catedral hispalense y mano derecha de la reina en cuestiones indianas; de este modo, no es de extrañar que el sevillano de ascendencia italiana Francisco Pinelo, amigo personal de Colón, fuera designado Factor, que el contador-escribano fuera Jimeno de Briviesca y que finalmente Matienzo ostentase el rango de Tesorero, realizando una tarea ingente con la meritoria y ordenadísima organización de un complejo sistema de contabilidad que nada tendría que envidiar al de las actuales multinacionales, con hasta tres tipos de Libros contables, teniendo interlocutores tan importantes como los hermanos Pinzón, Magallanes, (para quien organizó la Flota que circunnavegó el mundo y de quien fue su albacea testamentario) Juan de la Cosa o Juan Díaz de Solís, a quienes abonaba los sueldos procedentes de la Corona, siendo promotor además de la creación del cargo de Piloto Mayor.





En definitiva, el papel de Matienzo en el Descubrimiento es considerado por todos como esencial, prueba de ello es el agradecimiento patente de los Reyes hacia el “Venerable Doctor”, solicitando y logrando del Papado la creación, en 1516, de la Abadía de Jamaica expresamente para Matienzo. Aunque la titularidad de esa Abadía era meramente honorífica, ésta reportó ciertos beneficios económicos, así como la intención de fundar allí una ciudad con el nombre de Sevilla la Nueva, como se hizo efectivamente, aunque el enclave urbano así denominado pervivió apenas unos años, hasta 1524.


Como curiosidad, ya que era algo nada extraño y hasta aceptado en aquellos tiempos, Sancho Matienzo llegó a poseer esclavos de raza negra a su servicio, involucrándose posteriormente en la trata negrera como negociante.




En 1511 se produce toda una catástrofe en la ciudad. Tras el llamado Terremoto de Carmona de 1504, uno de los pilares de la catedral, el llamado pilar “toral” situado al noroeste había quedado dañado, cediendo finalmente el 28 de diciembre por su deterioro progresivo y provocando con ello el derrumbamiento del cimborrio. . El Cabildo de la Catedral tomó rápidamente cartas en el asunto, delegando en Matienzo el acudir a los Reyes Católicos para solicitar ayuda en las reparaciones; prueba de las buenas relaciones que mantenía con la Corona es que el propio Rey Fernando le indicó que: “Ha habido gran placer en que seáis vos elegido para venir a me lo suplicar de parte de la iglesia, e siendo vos el procurador, lo he de hacer más cumplidamente que de otra manera”.

Buen conocedor del mundillo artístico de la época y mecenas destacado por su buena posición socioeconómica, no es de extrañar que recurriera a lo “mejorcito” para contratarlo en las obras de la capilla funeraria que poco a poco fue creando en su localidad natal, allá en el Valle de Mena; se sabe que, como dató el gran historiador Diego Angulo, concertó ni más ni menos que con Alejo Fernández la hechura de un retablo pictórico (quemado en julio de 1936) en el que el propio Matienzo aparecería como donante, y, al decir de Angulo:

«De rodillas, al pie de San Jerónimo, birrete en mano, pleno de vigor físico. Rostro proporcionado, cuadrado; facciones correctas, sin denotar ruinas de vejez; negra la barba rasurada; cabello ralo cubriendo la frente, nos dice que aún no contaría 50 año.

 

 


Sancho Matienzo morirá el 8 de diciembre de 1521, meses antes del regreso de la expedición de Elcano, tras una vida al servicio de la Corona y de la Iglesia, dejando, como detalle, 3.950 maravedís de renta para misas por su alma en la capilla catedralicia de la Virgen de la Antigua, para ello otorgó a la catedral los tributos de varias casas en San Isidoro, San Bartolomé, San Lorenzo y el Postigo del Carbón, lo que da idea de la capacidad económica de nuestro tesorero a la hora de su fallecimiento. 

 

Como prueba y testimonio del cariño a Sevilla, quiso que la torre de su Catedral estuviera presente en su capilla burgalesa, finalizada en 1499, presentando la apariencia anterior al añadido del cuerpo de campanas de Hernán Ruiz, con la siguiente inscripción:


Esta es la (torre) de la Sancta igl (esia)

de Sevilla do(n)de fue canó(nigo) el

doctor S(ancho) Ortiz de Matienco

q(ue) hizo esta capilla. Acabose año

del Señor MCCCCXCIX años”.

 


 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Niños perdidos


 Aunque esto de los “Niños perdidos” suene quizá a personajes menudos de la divertida y clásica película filmada por Walt Disney en 1953, fruto a su vez de la imaginación y creatividad del autor teatral escocés James Matthew Barrie en 1904, no es menos cierto que en la Sevilla del Siglo de Oro existieron otros muchos y menos conocidos “niños perdidos”.



Retratados con total verismo por Murillo o por Cervantes (recordemos a Rinconete y Cortadillo, discípulos aventajado de Monipodio con su cofradía de ladrones con casa Hermandad en Triana), estos niños, pícaros, huérfanos, truhanes, hambrientos, enfermos, supervivientes en suma de un tiempo difícil y de contrastes, malvivían de la caridad o de la delincuencia y eran, podría decirse, legión en zonas populosas como el Arenal, las Gradas o el Salvador, por no hablar de cómo pululaban alrededor de templos, casas de gula o prostíbulos, atentos a cualquier iluso al que arrebatarle la bolsa, en un ambiente muy similar al retratado a la inglesa por Dickens en el siglo XIX con Oliver Twist, por ejemplo.


Compadecidos por la desgraciada vida de estos “niños perdidos”, un grupo de sevillanos decidió unirse en Hermandad para paliar, en la medida de lo posible, las carencias existentes para la infancia desfavorecida, de modo que sobre 1589 ya había quedado constituida la Hermandad del Santo Niño Perdido, en alusión al pasaje evangélico en el que Jesús, aún joven, se extravía de sus padres en Jerusalén y es hallado finalmente por éstos mientras discute con los doctores de la ley en el Templo. La corporación, todo hay que decirlo, surge sin el apoyo de las autoridades, sustentándose únicamente con las cuotas de sus hermanos y bienhechores y estableciéndose en la zona de la actual Alameda de Hércules. 



Quedaron nombrados como Alcaldes de la Hermandad Andrés de Losa y Cristóbal Pareja, resultando elegido como administrador el sacerdote José Martín, alquilándose una modesta casa con lo necesario para acoger a niños vagabundos y contratando dos criados y una mujer anciana. Chaves y Rey nos cuenta la labor encomiable de los cofrades del Niño Perdido “andaban por las calles de noche, y si en algún portal o en algún rincón hallábamos algún niño desamparado del trato humano, lo llevábamos a nuestra casa por aquella noche, dándole de cenar y regalándole, y al otro día lo llevábamos a nuestra Casa para que allí se remediase con los demás”. Además, también eran aseados y vestidos con ropas limpias, todo por cuenta de la Hermandad.


Poco a poco, además, se consiguió llevar a la vida honrada a gran número de “mozalbetes raterillos”, a los que se procuraba insertar en la sociedad y lograr un empleo como aprendiz o algún oficio en algún taller, alcanzádose la nada despreciable cifra de seiscientos jóvenes a los que se había sacado de las calles en los primeros años de la Hermandad.


Sin embargo, y sin que se sepan a ciencia cierta los motivos, en 1591 el caballero Veinticuatro Juan Pérez de Guzmán ordenó la confiscación de los escasos bienes de la corporación, personándose en su sede con el acompañamiento de varios alguaciles, quienes trasladaron los cuarenta niños acogidos en la casa a la Casa de la Doctrina, quedando disuelta la asociación y apropiándose el consistorio de ciertas cantidades de trigo, cebada, garbanzos y habas, adquiridas por el administrador para la alimentación de los niños.


Los sorprendidos gestores de la Hermandan, ni que decir tiene, pusieron el grito en el cielo, elevando enérgicas protestas al Cabildo de la ciudad por tamaño despropósito, e iniciando un pleito del que se pueden entrasacar, y esto es lo interesante, algunos párrafos escritos por los propios miembros de la Hermandad, como por ejemplo un texto de 1593 que pinta con todo lujo de detalles la desgraciada existencia de nos pocos infantes en la Sevilla de aquel tiempo: “Andan perdidos por las calles y plazas, y yo, como persona que comenzó esta obra, le deseo remedio, porque veo que andan los niños de siete y ocho años desamparados, rotos y aín encueros por los rincones y poyos de la ciudad, donde se quedan a dormir, que en este tiempo aún los muy bien arropados y abrigados lo pasan con dificultad y trabajo; y la semana de Pascua amaneció muerta de frío una mujer, y así las criaturas tienen mayor peligro”

 

Además, el propio Ayuntamiento, al emitir una especie de informe relativo a la infancia callejera, afirmaba igualmente: “La ciudad, calles y plazas, están llenas de muchachos pequeños que andan perdidos pidiendo limosna y muriéndose de hambre, y quedándose a dormir por los poyos y portales desnudos, casi encueros y expuestos a muchos peligros como se ha visto algunas veces por la experiencia, que han sucedido entro otros pícaros a quien se llegan, y otros amaneciendo muertos del hielo y así mismo se han multiplicado los ladrones porque hay infinitos muchachos que lo son, y los clérigos de San Salvador se quejan de que después de que se quitó la casa de los niños hallan en la iglesia detrás de los retablos muchas bolsas de las que quitan los tales ladrones muchachos”

 


Finalmente, la Hermandad del Niño Perdido pudo proseguir con su benemérita labor, recuperando sus bienes y hacienda; incluso hasta nuestros días ha llegado hasta nosotros una calle, la del Niño Perdido, en la zona de la Alameda, que alude al parecer, a cierta Cruz del Niño Perdido, situada en la llamada Cañaverería, esto es, la vía en la que se situaban los que se dedicaban a la venta de cañas, actual calle Joaquín Costa, donde en el siglo XVIII estuvo el llamado Corral de las Almenas. 

 

 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Tapadas

Si recorriésemos las calles de Sevilla en un imaginario viaje en el tiempo hasta los siglos XVI o XVII nos llamarían la atención muchas cosas, lógicamente desde la existencia de edificios ahora desaparecidos o justamente lo contrario, pasando por la estrechez de calles y plazas, la falta de higiene y orden o la inseguridad, ya que podríamos ser atropellados por algún carromato, atracados por un delincuente o simplemente sufrir la falta de sombra por no haber arbolado, aunque pensándolo bien, poco han cambiado las circunstancias…

 Ya en serio, uno de los detalles que no pasaría inadvertido sería la presencias de mujeres en las calles sevillanas, claro que sí, pero en muchos casos acompañadas por sus criadas o amas y, esto es lo reseñable, cubiertas las cabezas por oscuros mantos, puede que en principio para proteger sus blancas pieles de los efectos del sol pero indudablemente para proteger también su propio anonimato. 

 

  Los cronistas de la época dejaron reflejada la importancia de esta prenda en diversos escritos, como por ejemplo el bachiller Luis de Peraza, quien en pleno siglo XVI afirmaba que las sevillanas con mayor poder económico “usan trajes de mantos de paño fino y largos, y de raso, y de tafetán y de sarga...”, y décadas después Alonso Morgado en su Historia de Sevilla desatacaba que las hispalenses: “Usan vestidos muy redondos, se precian de andas muy derechas y menudo el paso, y así las hace el buen donaire y gallardía por todo el reino, en especial por la fracia con que lozanean y se tapan los rostros con los mantos y mirar de un ojo y en especial se precian de muy olososas...”

 Sin embargo, Lope de Vega en su obra Las bizarrías de Belisa de 1634 escribía y hacía decir a uno de sus protagonistas:


Ponte el manto sevillano,

no saques más que una estrella;

que no has menester más armas

ni el amor gastar sus flechas.

y al fin con menos sospecha,

que matando cuanto miras,

te conozcan y te prendan.


El hecho de que las mujeres sólo dejasen a la vista un ojo ("la estrella" a la que alude Lope) daba lugar al equívoco juego de la seducción, acompañado a veces con gestos con los abanicos, por lo que no pocos galanes estaban atentos a cualquier señal proveniente de la mujer amada a fin de conocer sus deseos, abundando lances de espada por causa de confusiones, malentendidos o simplemente por burlados esposos.



A todo ello habría que añadir que, por una parte no pocas mujeres del Compás de la Mancebía utilizasen también este tipo de ropaje y que por otra parte, se convirtió en costumbre que algunos sujetos sin escrúpulos usaran el manto femenino como atavío para ocultar su identidad y, trastocando su identidad, cometer todo tipo de delitos y fechorías, algo que para las autoridades, como se puede imaginar, suponía un problema ¿cómo identificar a una persona cubierta de la cabeza a los pies sin ultrajarla en el caso de que fuese una mujer?

La Corona, consciente de todas estas circunstancias, tomó cartas en el asunto en varias ocasiones; se sabe que en las Cortes de 1586 se prohibió que las mujeres saliesen tapadas “por los inconvenientes que de esto resultaba”, pero como tal prohibición surtió escaso efecto, Felipe II emitió una Pragmática en los mismos términos en 1594 y Felipe III hizo lo propio en 1614, sin que por ello se desterrase el uso de manto, ni mucho menos, de los dominios españoles, pues sabe que en Sevilla fueron inútiles tanto las amonestaciones del Asistente como las predicaciones de frailes y clérigos, quienes calificaron al manto incluso como arma de Satánas o cubierta del pecado, amenazando con condenas eternas en los profundos infiernos a las damas que los usaren.

 


 Llegados a este punto, y ya con Felipe IV en el trono español, y aunque son conocidas sus aventuras extramatrimoniales, fueron tantas las quejas y reclamaciones por parte de los cabildos de las ciudades que el 12 de abril de 1639 legisló mediante nueva pragmática, votada por las Cortes, la completa erradicación del manto como prenda femenina (o masculina) de esta manera: “Mandamos que en estos reinos y señoríos todas la mujeres, de cualquier estado y calidad que sean, anden descubiertos los rostros, de manera que puedan ser vistas y conocidas, sin que en ninguna manera puedan tapar el rostro en todo ni en parte con mantos, ni otra cosa, y acerca de lo susodicho, se guarden, cumplan y ejecuten las dichas pragmáticas y leyes con las penas en ellas contenidas y demás de los tres mil maravedís que por ellas se imponen en la primera vez que caigan e incurran en perdimiento del manto, y de diez mil maravedís aplicados por tercias partes, y por la segunda los dichos diez mil maravedís sean veinte y se pueda poner pena de destierro, según la calidad y estado de la mujer”.


El martes día 26 del mencionado mes de abril la pragmática real se proclamó y pregonó en los lugares de costumbre (Plazas de San Francisco, Salvador, Los Terceros, calles Feria o Altozano) e incluso el mismo año se puso en letra impresa con este título: Premática en que su magestad manda que ninguna mujer ande tapada, sino descubierto el rostro, de manera que pueda ser vista y conocida, so las penas en ella contenidas y de las demás que tratan de lo susodicho. 

 

 

Ni que decir tiene que las damas sevillanas tomaron la nueva ley como una afrenta a sus costubres, siendo muchas las que, nada temerosas de las multas, prosiguiesen saliendo a la calle envueltas en sus mantos y acudiendo con ellos a templos y corrales de comedias como los del Coliseo o la Montería. No faltaron sucedidos por causa del incumplimiento referido, desde enfrentamientos con los alguaciles de la justicia hasta una especie de “huelga” femenina a la hora de salir de sus domicilios si lo debían hacer descubiertas.


Al cabo del tiempo, las órdenes del monarca fueron quedando poco a poco en el olvido, de modo que las misteriosas “tapadas” pisaron de nuevo las calles hispalenses para gran contento de nos pocos galanteadores, aunque la costumbre debió perderse en Sevilla a finales del siglo XVII o quizás a comienzos del XVIII, aunque aún hasta el XIX se mantuvieron en Perú la denominadas “Tapada Limeñas” o en nuestros días las andaluzas “Cobijadas de Vejer”.